Toque 14: El lenguaje no refleja la vida. La disputa.
Durante décadas se nos ha dicho que el lenguaje expresa lo que somos. Que las palabras son el espejo del alma, que el estilo revela el carácter, que la coherencia lingüística es señal de claridad interior. Esta idea, heredada de un humanismo que confunde la expresión con la esencia, tiene en Charles Bally a uno de sus más elegantes defensores. En El lenguaje y la vida, Bally sostiene que el habla no es solo un sistema formal sino la manifestación viva de una interioridad colectiva —una “alma” que se hace audible en las inflexiones afectivas del discurso.
Pero esta visión, por sensible que parezca, es profundamente engañosa.
Porque el lenguaje no refleja la vida: la disputa. El lenguaje no es la vida pero termina dándole órdenes a la vida.
No es un espejo sino campo de batalla. No revela identidades sino tensiones.
Lo que llamamos “estilo afectivo” no es una ventana al alma sino una estrategia de supervivencia en un mundo donde ciertas voces cuentan y otras son silenciadas. En contextos marcados por la colonización, la exclusión o la violencia estructural, nadie habla desde una interioridad intacta.
Todos hablamos desde las grietas: con las palabras del opresor, los ritmos del ancestro, el silencio impuesto y la ironía como arma.
Bally, al atribuir al lenguaje una función expresiva de una “vida interior” coherente, ignora que para millones de cuerpos —negros, indígenas, mujeres, disidentes— el acto de hablar ha sido, desde el origen, una negociación forzada con el poder. No hay transparencia posible cuando el lenguaje mismo fue impuesto como instrumento de dominio.
Lo que Bally llama “afecto” es, en muchos casos, resistencia encubierta: un modo de decir sin decir, de nombrar sin traducirse, de existir sin pedir permiso.
No se trata de “expresar lo que uno es” sino de usar las palabras para que otros dejen de sentirse solos en su opresión. El lenguaje útil no es el que nos hace comprensibles sino el que rompe el consenso del silencio.
Por esto ya no basta con analizar si una frase es “auténtica”. Hay que preguntar:
¿Desde qué territorio se enuncia?
¿A quién protege y a quién excluye?
¿Aumenta la potencia de quien lo escucha o la paraliza con la ilusión de una identidad fija?
El lenguaje no nos salva. Pero, bien usado, puede ser la primera línea de un acto de liberación colectiva.
No porque diga la verdad sino porque se niega a mentir sobre la complejidad del mundo.
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